febrero 04, 2013

Luego de leer un poco de lo que escribí sobre ti hace algunos años, cuando aún estabas aquí, no pude evitar recordar el momento exacto en el que se me ocurrió escribirlo. Tú y yo sentados en una mesa redonda; yo, tu invitada a almorzar. Casa ajena, comida ajena, muebles ajenos, perro ajeno, terraza ajena, padre... padre propio, pero con sensación ajena. Ese día estabas triste, mi compañía nunca fue nada que te quitara de la cabeza por un momento tus problemas, en realidad siempre que te visité era así. Luego de muchos meses en una de aquellas visitas, recuerdo el regalo que me diste por mi cumpleaños; un libro. Un libro de la escritora que más odio en la vida y una tarjeta, que obviamente aprecié mucho más. Ése día estabas feliz, ya no hablabas como si al día siguiente te fueras a morir, tenías algo que decirme, una noticia. Nunca jamás voy a olvidar ni un solo detalle de ese momento. Me invitaste a tu piesa ajena y vi las maletas, ya sabía. Nos sentamos en tu cama también ajena y sacaste tu billetera, tu expresión lo decía todo. Pusiste los pasajes en mis manos y no sé cómo pude seguir actuando. Mis expectativas tontas sobre un futuro a tu lado se vinieron abajo lenta y dolorosamente. "Me voy", dijiste con una sonrisa tan perfecta y con una felicidad tan inocente, que fui incapaz de contaminarla con mi angustia. Te abracé y me abrazaste, quería llorar, irme corriendo o encerrarte en una jaula para asegurarme de que jamás te fueras lejos otra vez, quería hacer una pataleta y gritar "no quiero que te vayas!". Pero ahí estaba yo, felicitándote y deseándote lo mejor. En el fondo tendrías que saberlo, siempre había querido tenerte cerca, pero también éste país era ajeno para ti y eso era mucho más importante.

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