Llegó a sentarse en la banca del parque, como esperando algo, aunque no se qué, pero tengo la impresión de que ella tampoco lo sabía. La chica era sencilla, de aspecto inocente e infantil. Tenía unos 19 años, a lo menos 4 años menos que yo.
Me sentía agobiado, hace un rato había salido corriendo, escapando del trabajo, del encierro de las oficinas y del sonido de más de 20 teléfonos sonando al mismo tiempo… el trabajo es agobiante, y me hace algo infeliz.
Eran las seis de la tarde; tarde fría y soleada de agosto. De pronto, de entre mi deleite visual, surgió un sentimiento especial, que me recordó al primer amor, aquél de la adolescencia, y un presentimiento me molestaba para que me acercara. Desde la banca del frente me acerqué y me senté junto a ella, recuerdo que el sol nos iluminaba en forma directa.
Ella estaba pintando en óleo y utilizaba colores cálidos. Intenté entablar una conversación, haciendo un comentario sobre su bella e interesante pintura, pero ella sólo me miró simpática y, siempre guardando silencio, me invitó a pintar con ella, poniendo un pincel en mis manos. Me quedé perplejo, pero como yo también gusto de pintar en mis ratos libres, la seguí.
De pronto, me miró casi con amor y con su mirada me inundó un calor especial, tanto que no era corporal, entonces comenzó a pintar sobre mis manos, subiendo por mis desnudos brazos hasta llegar a mi cuello. Me pregunté… ¿Seguirá pintando también mi rostro?
Todo pasó muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos ya no era invierno, ya no había ninguna chica pintando, ni pinturas ni pinceles, sólo estaba el parque, la banca, el sol, que ahora daba más calor, así como en los veranos y… estaba yo, que miré a mi alrededor y no habían más que colores cálidos, no había más que una realidad pintada en óleo.
Me sentía agobiado, hace un rato había salido corriendo, escapando del trabajo, del encierro de las oficinas y del sonido de más de 20 teléfonos sonando al mismo tiempo… el trabajo es agobiante, y me hace algo infeliz.
Eran las seis de la tarde; tarde fría y soleada de agosto. De pronto, de entre mi deleite visual, surgió un sentimiento especial, que me recordó al primer amor, aquél de la adolescencia, y un presentimiento me molestaba para que me acercara. Desde la banca del frente me acerqué y me senté junto a ella, recuerdo que el sol nos iluminaba en forma directa.
Ella estaba pintando en óleo y utilizaba colores cálidos. Intenté entablar una conversación, haciendo un comentario sobre su bella e interesante pintura, pero ella sólo me miró simpática y, siempre guardando silencio, me invitó a pintar con ella, poniendo un pincel en mis manos. Me quedé perplejo, pero como yo también gusto de pintar en mis ratos libres, la seguí.
De pronto, me miró casi con amor y con su mirada me inundó un calor especial, tanto que no era corporal, entonces comenzó a pintar sobre mis manos, subiendo por mis desnudos brazos hasta llegar a mi cuello. Me pregunté… ¿Seguirá pintando también mi rostro?
Todo pasó muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos ya no era invierno, ya no había ninguna chica pintando, ni pinturas ni pinceles, sólo estaba el parque, la banca, el sol, que ahora daba más calor, así como en los veranos y… estaba yo, que miré a mi alrededor y no habían más que colores cálidos, no había más que una realidad pintada en óleo.
genial cuento
ResponderEliminarme gustaria que un unos de tus cuentos hablar sobre un personaje como yo un personaje que nada se sabe que no saben como llego no como se va y no saben si existe en la realidad de este mundo
ismael esteban
Las cosas pasajeras se hicieron para pasar, como las estaciones, es necesario que una prosiga a la otra, nosotros tambien pasamos, y no sólo mueriendo, mas bien no muriendo, puesto que nuestra alma es infinitaa, la forma de pasar es cambiar, pero escribir y hacer arte, es hacerse a sí mismo inmortal, besos.
ResponderEliminarDian van Aken.