julio 28, 2009


Las horas han ido perdiendo la vida a medida que se arrastra la esperanza hacia la ventana. Sonríen radiantes las nubes del atardecer, la luz dorada se despide lento y acaricia con ternura la copa de los árboles. Pide ser besado el cielo, jamás se resignará; él quiere tener un amor tan eterno como su cuerpo
Se desplazan melancólicamente los últimos destellos del día, entran por el ventanal y hasta se cuelan por algunas cortinas… el calor visual inunda el espacio, confortando cada rincón… agradando al sentir.
La brisa se abre paso bailando embriagada de bochorno y lo recorre todo a su manera, rozando hasta la cajita
musical que pone vida a su baile y empujando suavemente algunas cartas que yacen por ahí en el suelo.
En el borde de la ventana se enfría una taza de café, que enternecida admira el atardecer. Ella también espera algo, pero mientras tanto, acumula algo de inspiración en su contenido.
Se ha marchado ya el destello dorado y las copas de los árboles adquieren un aspecto de anhelo, la esperanza ya escapó por la ventana en busca de otro amor y la brisa ha cobrado lucidez y embargado ya el calor.
Es posible, que aquella taza de café llegue a tocar los labios de la escritora, pero sin más esperanza que la que se acaba de ir, esperará en la ventana, negándose a ceder su contenido al sol de mañana.

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